—¡Abuela, abueeela! —llama Marcos al entrar a la casa con el pan.
Odia que lo manden a comprarlo todos los días. No entiende por qué otra persona no puede hacer ese trabajo. Solo porque tiene doce años no quiere decir que sea el mandadero de la casa. Ya trató de explicarlo muchas veces, pero nadie le hace caso. Peor aún, su abuelo siempre sale con la historia de que, cuando era chico, tenía que ir a comprar pan quién sabe dónde. Por la forma en que lo cuenta, pareciera que iba hasta el fin del mundo.
—¿Qué, hijo? —pregunta doña Lucía, su abuela, mientras sale de la cocina secándose las manos con un trapo.
—Échame alcohol y desinféctame.
—Primero las manos —ordena doña Lucía—. ¿Limpiaste tus zapatos antes de entrar?
—¡Ay, abuela! Todos los días me preguntás lo mismo. ¿No te cansás? Sí, me limpié —responde Marcos—. Te cuento que en la esquina de tu casa hay un gran anuncio que dice: “Horno crematorio portátil”. Ahora vas a poder ir a hacer pan ahí cerquita —continúa con una gran sonrisa.
—¡Ave María Purísima! —exclama doña Lucía, alarmada.
—¿Qué? —pregunta el abuelo, sentado a la mesa mientras espera el pan.
—No te preocupés, abuela, que no es para vos —aclara Marcos mientras se dirige al baño, antes de que ella alcance a preguntarle si se lavó las manos—. Es para los que se mueren de coronavirus.
—¡¿Cómo?! —pregunta el abuelo—. ¿Ahora los van a cremar ahí en la esquina?
—No, abuelo —responde Marcos al salir del baño—. Ahí solamente está el anuncio.
—¿Entonces dónde será que van a hacer el trabajo?
—Por lo que le escuché explicar al señor, que creo que es el dueño, van hasta la casa del muerto con el horno. Por eso se llama portátil. Es como cuando llevamos nuestra computadora portátil —explica Marcos—. Se estacionan frente a la casa del difunto y, mientras la familia está afuera leyendo el testamento, el difunto se está quemando en el horno.
—¡Ay, Dios mío, Marcos! ¡Cómo sos de malcriado! —exclama nuevamente la abuela, mientras el abuelo se ríe.
—Yo qué sé, pues, abuela. Nunca fui a un velorio. Me imagino que hacen eso: leen el testamento y ven quién se queda con qué.
—No —aclara el abuelo—. Las personas se despiden del difunto. Están de duelo, muy tristes porque alguien querido se ha ido.
—Ahhh, bueno —responde Marcos.
—Pero mirá vos la viveza de la gente, Lucía. Hornos portátiles… Yo nunca había escuchado que existieran. ¿Será algo nuevo?
—Yo lo único que veo es que ahora ya no van a esperar para saber si nos vamos al cielo o al infierno. Aquí nomás nos van a quemar a todos —sentencia doña Lucía.

