Día de Votación

Día de votación

Hoy es un día especial. Estoy emocionado y, al mismo tiempo, inquieto. Por primera vez voy a votar en una elección presidencial. La idea me produce una sensación difícil de describir: una mezcla de orgullo y responsabilidad que me acompaña desde que desperté.

Voy a elegir al primer servidor público del país. Me gusta esa expresión: primer servidor público. Sugiere servicio antes que poder. Suena correcta, casi ideal, aunque sé que en la práctica no siempre se vive así.

Salgo de casa y camino hacia el colegio en el que me corresponde sufragar con una calma que no me pertenece del todo. Por fuera intento parecer normal, pero por dentro estoy más atento de lo habitual. Las palmas me sudan un poco y siento el corazón más rápido, como si el cuerpo se hubiera tomado demasiado en serio la idea de estar a punto de hacer algo importante.

Trato de convencerme de que será sencillo, que todo tiene un procedimiento y que lo único que debo hacer es seguirlo.

Aun así, mi mente insiste con preguntas que no aportan nada, pero igual aparecen: ¿y si me equivoco? ¿y si hago algo mal sin darme cuenta? ¿y si se nota que es mi primera vez?

Me digo que no debería preocuparme. La mayoría está ahí por la misma razón: votar. Nada más. Pero esa palabra, «nada más», no me tranquiliza.

El colegio está a unas cuatro cuadras. La caminata me sirve para respirar y para mirar. El día está soleado; una brisa ligera mueve las hojas y alivia el calor de la jornada. Las calles están extrañamente tranquilas, sin autos, como si la ciudad hubiera aceptado una pausa breve para este ritual. Solo se ven personas caminando, algunas en grupos, otras solas, casi todas con esa misma dirección.

Es el típico ambiente de una jornada electoral: puestos de comida en las calles cercanas, el olor de algo frito que se mezcla con el café, vecinos conversando en las esquinas o buscando sombra bajo los árboles, niños que corren por las aceras sin entender del todo lo que ocurre.

Los adultos, en cambio, tienen otra expresión. Algunos van serios; otros parecen llevar el gesto apretado, como si el día les pesara antes de empezar. También hay sonrisas, pero no son sueltas; son sonrisas que se contienen.

En casa, mis padres se quedaron planificando el almuerzo como si fuera un día más. Tal vez lo hacen a propósito, para no aumentar mi tensión.

—Es solo un voto, Héctor —dijo mi padre antes de que yo saliera.

Quise responderle algo, pero me quedé callado. Para mí no era «solo». Era la primera vez que mi nombre estaba en una lista, la primera vez que iba a entrar a un aula no como estudiante, sino como ciudadano. Puede sonar grandilocuente, pero no lo sentía como frase; lo sentía como peso, como una puerta que se cruza.

El colegio habilitado como recinto electoral es un edificio de ladrillo desgastado, con un portón de dos hojas de metal negro que cruje cada vez que alguien lo empuja o se apoya en él. Me detengo frente al tablón de información. Las listas están pegadas con cinta, un poco torcidas, y la gente se agolpa alrededor buscando apellidos. Repaso con la vista hasta encontrar el mío. Respiro hondo. Ahí está mi mesa.

Me acomodo en la fila. Avanzamos lento. A mi alrededor hay rostros cansados, algunos con hastío, otros con paciencia. Intento quedarme quieto, pero el cuerpo no coopera del todo: cambio el peso de un pie al otro.

Observo el colegio. A pesar de estar en mi zona, nunca antes lo había notado realmente. Es un edificio pequeño, cercado con rejas de metal negro, con un patio que también funciona como cancha de fútbol. Puedo imaginar a los niños corriendo por ahí en cualquier día normal. Me fijo en los detalles: las paredes despintadas, los murales infantiles que decoran los pasillos, las filas de pupitres viejos apilados en una esquina del patio. Todo parece modesto, pero también familiar.

En ese momento escucho la voz de mi madre. Volteo y los veo: mis padres y mi hermana caminando hacia mí. Papá parece relajado. Mamá trae ese gesto inquisitivo que conozco bien.

—¿Cómo va todo? ¿Ya decidiste? —pregunta papá, cruzando los brazos con una sonrisa.

—¿Cuál es tu candidato favorito? —pregunta mamá al mismo tiempo.

—¡Silencio! Está prohibido hablar de candidatos ahora —nos dice mi hermana mientras frunce el ceño.

Mira alrededor con una expresión casi cómica de pánico, como si alguien fuera a aparecer con una cámara, un micrófono y un acta de infracción. Por un instante me pregunto si de verdad es un delito hablar de política en la fila. «Creo que sí», pienso, aunque no estoy del todo seguro. La seriedad de mi hermana le da un toque de comedia a la escena. Mis padres lo notan y sonríen. Yo también, y ese gesto me afloja un poco el pecho.

La fila avanza. Me toca.

El presidente de mesa me mira y dice con tono amable:

—Pase, joven.

Muestra la papeleta en blanco, la dobla y me la entrega. Al recibirla siento un nudo en el estómago, no por el papel en sí, sino por lo que representa. Entro al aula.

Adentro, el aire se siente distinto. Hay un silencio que no es absoluto, pero sí contenido: pasos suaves, una voz baja al fondo, el roce de sillas. Desdoblo la papeleta. La miro. Sé cómo marcarla; la parte práctica no me preocupa. Lo que me detiene es decidir.

El candidato oficialista aparece primero en la lista, un nombre que lleva tanto tiempo sonando en mi vida que parece parte del paisaje. Desde que tengo memoria está ahí: en las noticias, en los discursos, en las pancartas, en conversaciones que se repetían en mi casa.

Mis padres y la historia me enseñaron que antes había otros, aunque ahora todo parezca girar en torno a él. Paso al siguiente nombre. El opositor es un periodista respetado, conocido por su claridad. Es fácil pensar «cambio» cuando lo veo. Es fácil. Pero no basta. Recuerdo lo que mamá dijo: renunció cuando el país más lo necesitaba. ¿Cómo confiar en alguien que se fue en un momento crucial? ¿Y si el cambio no es solución, sino otro tipo de incertidumbre?

Me quedo mirando la papeleta. El aula sigue en silencio. La duda no es teatral; es simple y molesta. No hay una señal que aparezca de pronto y lo ordene todo. Ninguna opción es perfecta. Y aun así tengo que elegir.

Sostengo el bolígrafo, vuelvo a mirar la papeleta, y marco con cuidado una cruz. El sonido del bolígrafo rozando el papel rompe el silencio como si lo hubiera rasgado. Me quedo mirando el recuadro pintado un segundo más de lo necesario, como si mi vista pudiera corregir algo después de hecho.

Doblo la papeleta con cuidado, tratando de no arrugarla demasiado. Hay algo casi ritual en esa doblez, en esa forma de cerrar un acto para poder entregarlo. Camino hacia la urna. Afuera siento miradas, aunque sé que son solo imaginaciones.

El encargado de la mesa me sonríe. Veo la urna. Dejo caer la papeleta. El sonido es leve, casi nada, pero lo escucho igual.

En el pasillo, otras personas van y vienen con rostros serios. Algunos conversan en voz baja. Otros se dirigen a la salida sin mirar atrás, como si quisieran terminar rápido.

Mi madre me espera en el patio. Cuando me ve, sonríe y me hace un gesto para que me acerque.

—¿Cómo te fue? —pregunta.

—Ya voté —respondo, encogiéndome de hombros.

No digo más. No porque no quiera, sino porque todavía estoy procesando el acto. No quiero hablar del nudo en el estómago ni de la duda que se me quedó pegada. No ahora.

—Vamos, tu papá nos está esperando en la puerta —dice mamá, tomándome del brazo.

Salimos del recinto. La luz del sol me golpea el rostro. El día sigue igual: los puestos, los vecinos, los niños corriendo, el mismo calor, la misma brisa.

Pero mientras camino, noto que estoy mirando distinto.

No sé explicarlo todavía.

Solo sé que algo cambió.

1

Me llamo Héctor.

Tengo diecinueve años y a pesar de mi corta edad, me tocó salir a las calles a defender mi voto y la democracia en mi país.

Sé que pueden pensar que antes hubo jóvenes que enfrentaron cosas peores. En la Guerra del Pacífico, en 1879, Juancito Pinto marchó como tamborero al campo de batalla, y Genoveva Ríos recuperó la bandera en Antofagasta durante la invasión chilena. Pero aquello era otro siglo y otra realidad. Nosotros no estábamos en guerra. O eso creía.

Sumarme a las manifestaciones ciudadanas no fue algo impulsivo. Podría haberme quedado en casa, como varios amigos que siguieron todo desde sus pantallas. Sin embargo, algo me incomodaba demasiado como para quedarme quieto. Sentía que mirar no era suficiente.

Defender el voto en las calles fue una experiencia que terminó transformando más cosas de las que imaginé. No salimos por comida ni por trabajo; salimos porque sentíamos que las reglas estaban siendo forzadas. Y eso, al menos para nosotros, no era un detalle menor.

Cuando el presidente Evo Morales llamó a nuestras movilizaciones «las pititas», nos sonó como  burla y eso terminó reforzándonos. Cada vez que alguien lo repetía, la indignación se mezclaba con una risa amarga. Las pititas no eran simples cuerdas amarradas entre postes para bloquear calles. Eran símbolo de resistencia, de unidad, una forma de decir que no estábamos dispuestos a aceptar todo en silencio.

Antes de salir a las calles, ya había sobrevivido a varios «fines del mundo». Suena exagerado, pero no lo es. Es curioso cómo el miedo colectivo puede instalarse con facilidad, incluso cuando no hay guerra ni explosiones reales.

El primero ocurrió antes de que yo naciera. Nací el seis de marzo de 2000, y mi madre recuerda cómo esos meses anteriores la gente hablaba del famoso «efecto Y2K». Se decía que los sistemas computarizados colapsarían al cambiar de 1999 al 2000, que los bancos perderían el dinero, que los aviones caerían del cielo.

—Había gente que sacaba sus ahorros y compraba comida como si fueran a encerrarse bajo tierra —me contó mamá—. Tu abuelo decía que era exageración, pero igual pidió que tuviéramos cuidado.

Llegó el 1 de enero y no pasó nada extraordinario. El mundo siguió igual y el Y2K quedó como una anécdota.

Después vino el seis de junio de 2006: el famoso seis, seis, seis. Yo tenía seis años. En la televisión aparecían «expertos» hablando de numerología y del anticristo. En la escuela, los chicos mayores nos asustaban diciendo que ese sería el fin.

Esa noche me costó dormir. Miraba la oscuridad del cuarto imaginando cualquier cosa. Llovió un poco en la tarde y mi amigo Luis y yo nos miramos como si aquello fuera una señal, pero la tormenta pasó sin más.

Al día siguiente, todo seguía igual.

También sobreviví al 21 de diciembre de 2012, la supuesta profecía maya.

Tenía doce años y la fecha parecía salida de una película. Los noticieros hacían especiales para hablar del «fin del mundo» y en la escuela algunos compañeros bromeaban con no hacer tareas «porque igual el mundo se acaba».

Ese día miré el cielo más de lo normal. No ocurrió nada. El 22 llegó y todo siguió en pie.

Lo que sí me llamó la atención fue la cultura maya. Descubrí que había sido una civilización avanzada, capaz de predecir fenómenos celestes con gran precisión. Me pregunté cómo una cultura que resistió siglos pudo desaparecer. Si algo así había ocurrido antes, ¿qué tan firme era nuestra civilización que se creía eterna?

Con el tiempo entendí que los mayas no anunciaron el fin del mundo, sino el cierre de un ciclo. Pero en ese momento solo sentí alivio. Habíamos «sobrevivido» a otro apocalipsis anunciado.

Por eso digo que soy un sobreviviente. No de guerras ni catástrofes reales, sino de miedos colectivos que parecían grandes hasta que se disipaban.

La diferencia es que esta vez no se trataba de rumores o supersticiones.

Yo no sabía mucho de presidentes. Solo he conocido a uno: Evo Morales. Desde que tengo memoria, su nombre ha estado presente en discursos, noticieros y conversaciones familiares. Para mi generación, su figura parecía parte del paisaje.

Mis padres y mis abuelos hablaban de gobiernos anteriores, de dictaduras y democracias. Yo escuchaba esas historias como si fueran capítulos de otro tiempo, algo lejano. Con los años entendí que no eran relatos ajenos, sino antecedentes de lo que yo mismo estaba viviendo.

El presidente que de verdad quería ser permanente empezó a insistir en quedarse más tiempo del permitido. Y esa insistencia cambió la conversación en muchas casas, incluida la mía.

Tal vez fue ahí cuando dejé de escuchar la política como si fuera historia ajena.

Pero lo mejor es que les cuente todo desde el comienzo, tal como lo viví. Porque, aunque en esos momentos yo no entendiera del todo lo que estaba ocurriendo, cada conversación, cada duda y cada decisión fueron parte de algo que iba creciendo sin que yo lo notara.

Algo que terminaría llevándonos a las calles.

2

Mi madre recuerda con cariño las tardes que pasaba con nosotros cuando éramos pequeños en nuestra casa de El Alto. Mientras ella preparaba algún postre, yo me sentaba, observándola hipnotizado, mientras media con precisión los ingredientes como si fuera una científica a punto de realizar un gran experimento.

Mamá ahora bromea diciendo que no movía ni un dedo para tocar nada, probablemente porque entendía, a mi manera, que, si hacía alguna travesura, me mandaría a jugar y perdería la oportunidad de «ayudarla» con la preparación de algunos de mis postres favoritos.

Nuestra casa estaba ubicada cerca de la plaza principal, de la zona de Ciudad Satélite, en una calle tranquila donde los ecos de los niños y el bullicio del mercado los fines de semana llenaban el aire.

La sala era amplia y luminosa, conectándose con el comedor, que siempre estaba decorado con flores amarillas que mamá recortaba de su pequeño jardín.

Pero el corazón del hogar era la cocina. Allí, mientras mamá cocinaba, yo pasaba horas jugando rodeado por el aroma de la deliciosa comida.

Sin embargo, lo que más me emocionaba era el patio. Era espacioso, con un pequeño jardín en el centro. Ahí daba vueltas con mi bicicleta.

—Eras tan pequeño, Héctor —recuerda mamá con una sonrisa—, pero tenías toda la energía del mundo. Tú mismo inventabas que viajabas a lugares mágicos o competías en carreras con tus amigos imaginarios. De verdad parecías creer que ese patio era todo un universo.

Tenía apenas tres años; entonces creo que mi mundo giraba alrededor de cosas simples.

Jugar con mi bicicleta en el patio, ver caricaturas en la tele y los ricos postres que mamá preparaba.

En las tardes, mientras mamá trabajaba en sus quehaceres cotidianos, la radio siempre estaba encendida.

—Por esos días los locutores no hablaban de otra cosa que no fueran las marchas y bloqueos —dice mi madre—. La gente estaba en las calles, Héctor, era como si el país entero hubiera detenido su ritmo habitual para concentrarse en un solo objetivo. La renuncia del presidente.

Papá recuerda llegar exhausto del trabajo, cubierto de polvo después de sortear desvíos y bloqueos para llegar a casa.

—La tensión se sentía en el aire —me cuenta con su tono serio—. No sabíamos qué iba a pasar. Salías a la calle y era imposible ignorar las miradas preocupadas, los susurros entre vecinos. Las conversaciones giraban en torno a lo mismo: el presidente, las marchas y los bloqueos.

A lo largo de los años, las historias que escuchaba en casa me hicieron sentir como si, de alguna forma, hubiera estado ahí, viviendo esos días tan turbulentos para el país.

Lo que detonó todo —me explicaron— fue el gas.

El presidente Gonzalo Sánchez de Lozada —«Goni», como lo llamaban todos— estaba en el centro de la tormenta.

Había decidido exportar las grandes reservas de gas natural del país a Chile, un país con el que Bolivia mantenía una herida histórica abierta desde la Guerra del Pacífico.

Desde niño, escuchaba a mi abuelo hablar con enojo y tristeza sobre cómo nos habían quitado el mar. En ese entonces, no entendía del todo lo que quería decir, pero las palabras «nos quitaron» no me gustaban, me sonaba a cuando mi hermana me quitaba algún juguete. Estaba lejos de entender por qué dolían tanto.

Años después, en el colegio, aprendí que la Guerra del Pacífico había ocurrido entre 1879 y 1884. Nos explicaron que Bolivia perdió su salida al mar tras un conflicto con Chile por territorios ricos en salitre y guano, en la región de Antofagasta. Todo comenzó por un impuesto de diez centavos que Bolivia intentó imponer a la exportación de salitre.

Chile respondió invadiendo el territorio.

Desde entonces, cada 23 de marzo, en el Día del Mar, recordamos a los héroes de la Defensa de Calama. En esos actos cívicos, siento una mezcla de orgullo y tristeza. Orgullo por los que lucharon, pero tristeza porque, al final: «nos quitaron el mar».

Cada vez que veo un mapa y miro esa pequeña franja, al suroeste de nuestro país, donde debería estar nuestro acceso al mar, siento un vacío. Es como si algo faltara, como si una parte de nosotros estuviera incompleta.

Sin embargo, también siento esperanza.

Entonces, cuando se habló de exportar gas por Chile, quedó claro que esa herida no estaba ni cerca de sanar.

—¡El gas no pasa por Chile! —gritaba la gente en las calles.

Lo peor es que los políticos y el presidente Sánchez de Lozada no parecían entenderlo. Para ellos, el gas era solo un negocio, pero para el pueblo boliviano era más que eso: era un símbolo.

Las marchas aumentaron. Las calles estaban llenas de manifestantes que bloqueaban las avenidas con piedras, llantas y cualquier cosa que encontraran a su paso. También bloquearon los caminos, lo que impedía el ingreso de víveres. Papá tenía que hacer fila para comprar lo poco que quedaba en algunas tiendas.

—Las noticias y las conversaciones durante la cena siempre eran sobre lo que sucedía afuera —continúa papá—. «Los policías están en las calles», le comentaba todas las noches a tu madre.

Al inicio del conflicto, hubo suspensiones intermitentes de clases y, al final, dejaron de realizarse por completo. Mi hermana y yo pasábamos más tiempo en casa, lo que en un principio parecía emocionante, pronto se convirtió en una rutina extraña.

Yo insistía en ir al jardín de niños. Quería ponerme el delantal de colores y llevar mi pequeña mochila, pero mamá me explicaba que era imposible salir en esos momentos.

Al poco rato me distraía con mi programa favorito: «Los Rugrats», me sentaba en el sillón, al lado de mi hermana, a ver las aventuras de Tommy y Carlitos en la pantalla.

¿Qué podría entender yo, de lo que significaba que la gente estuviera en las calles?

Mi abuelo dice que, en aquellos días, comenzaron a resonar palabras como «masacre» y «represión». Y que el gobierno tomó la decisión de desplegar al ejército para intentar contener el descontento.

Pero lo único que lograron fue empeorar las cosas.

Los noticieros empezaron a mostrar imágenes de fuego y humo negro elevándose sobre las casas, vehículos en llamas y personas corriendo en todas direcciones.

Gritos, fuego, caos.

Los enfrentamientos entre militares y manifestantes dejaron decenas de muertos y cientos de heridos.

Años después supe que esos días quedaron grabados en nuestra historia como «Octubre Negro».

—La gente estaba cansada de tanta corrupción y de ese famoso «cuoteo de cargos» que hacían los partidos políticos —me cuenta mi abuelo— La gente del campo estaba olvidada, sobreviviendo como podía. No tenían condiciones económicas para producir.

Otro de los momentos críticos que enfrentó el Gobierno de Sánchez de Lozada había ocurrido antes, en febrero de ese mismo año, cuando intentó imponer un impuesto a los salarios. Ese fue el primer levantamiento masivo de la población contra el gobierno. Lo que sorprendió a todos, según mi abuelo, fue que incluso la Policía, encargada de garantizar el orden, decidió unirse a las protestas de la población.

Al gobierno no le quedó más opción que retroceder. Pero el daño ya estaba hecho.

Aunque yo no viví esos días, las palabras de mi abuelo me hacen sentir el peso de la indignación de un pueblo que ya no podía más.

El 17 de octubre de 2003, después de apenas un año y dos meses de gobierno, el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada renunció.

Los noticieros mostraban imágenes de Sánchez de Lozada en un aeropuerto de Santa Cruz, subiendo apresuradamente a un avión acompañado de su familia y sus allegados más cercanos.

Esa escena, la de un presidente dejando el país en medio del caos, quedó grabada en la memoria colectiva de los bolivianos. Se decía que había huido a Estados Unidos, dejando atrás 60 muertos, cientos de heridos, un vacío en el poder y una nación rota.

La renuncia de Sánchez de Lozada no fue simplemente la caída de un gobierno impopular: fue la suma de décadas de desigualdad, exclusión y demandas acumuladas que finalmente encontraron su voz en las calles.

Tras su partida, asumió la presidencia el vicepresidente, Carlos Mesa.

Mamá dice que era un hombre de palabra elocuente, un intelectual que había ganado reconocimiento como periodista e historiador. Pero que su llegada al poder no era fácil; heredaba un país dividido, herido por la crisis social y económica.

Aunque intentó llevar estabilidad al país, las tensiones acumuladas, el descontento popular y las luchas internas marcarían su gobierno. «Hizo lo que pudo en medio del caos», decía papá, aunque para muchos, sus esfuerzos no fueron suficientes.

Fue en ese vacío político donde la figura de Evo Morales comenzó a ganar protagonismo. Hasta entonces, era un diputado cocalero, líder de los sindicatos de coca del Chapare, representaba algo completamente nuevo para una gran parte de la población.

Un líder indígena.

Alguien que hablaba el idioma de las comunidades y que prometía cambios en una Bolivia que parecía estancada en el tiempo.

Era la esperanza de un cambio real, alguien que podía transformar al país desde sus raíces. Lo veían como una alternativa al sistema que había fallado una y otra vez. Pero en esos días de promesas y esperanzas, nadie imaginaba cómo su llegada sería el inicio de una etapa que marcaría a mi generación y la historia del país.

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