—Marquito, léeme las noticias, hijo. Ahí, desde tu celular —pide don José, el abuelo de Marcos.
—Sí, léenos qué está pasando, ya que estás despatarrado en el sofá mirando el teléfono —añade su abuela Lucía.
—Abuela, estoy en recreo. ¿Acaso no vieron el horario de “estudio en casa” que me hizo mi madre? Está pegado en ese librero —responde Marcos, señalando un mueble de madera oscura con puertas de vidrio—. Lo puso ahí para que todo el mundo controle si estudio o no.
—¿Cómo que todo el mundo, si aquí solo estamos nosotros? —pregunta el abuelo—. ¿O querés leerme el periódico?
—No. Si por vos me abrí una cuenta en Twitter, para no tener que estar leyéndote el periódico —responde Marcos, moviendo la cabeza—. A ver… Aquí dice que clausuraron el año escolar y que ahora los padres no quieren pagar. ¡Mirá! Mis profesores hicieron lo posible por enseñarnos durante esta pandemia. Algunos hasta pasaron vergüenza con las clases virtuales y ahora no quieren pagarles.
—¿Qué más? —pregunta el abuelo—. Eso de la clausura del año escolar ya fue noticia. A nosotros, ¿cuántas veces nos clausuraron el año las dictaduras militares? Y somos mejores que estas nuevas generaciones, aunque no teníamos toda la tecnología que ahora tienen ustedes.
—¿Puedo seguir o me vas a continuar dando palo, abuelo? Pobres, ustedes no tenían ni tele… —murmura Marcos mientras vuelve a buscar noticias en el celular.
—¿Qué cosa dijiste?
—Nada. Aquí dice que están bloqueando y que no dejan pasar insu… ins…
—¡Insumos! —lo corrige la abuela desde la cocina—. Leé más fuerte, que no te escucho.
—Eso, abuela: insumos médicos. Tampoco dejan pasar el aire.
—¿El aire? —pregunta el abuelo, confundido.
—No, el oxígeno —aclara Marcos con una sonrisa—. Tampoco dejan pasar comida ni medicamentos y apedrean las ambulancias. Aquí también dice que la semana pasada hubo una manifestación en El Alto y atacaron a las ambulancias y a los periodistas. Después los adultos quieren enseñarnos algo dizque, si se pelean peor que perros y gatos.
—¡Es el colmo! ¿Cómo van a bloquear en plena pandemia, mientras la gente se está muriendo? ¡Dios mío! —exclama la abuela, indignada, desde la cocina.
—Son los orcos, abuela, que salen a pelear y morir para devolverle el poder a Sauron.
—¡¿Qué?! —exclama el abuelo—. Esto es cosa seria, Marcos, para que vos lo tomés a chiste.
—Estoy hablando en serio, abuelo. Pasó en la Tierra Media. También murió gente buena, como Haldir y Théoden, que serían como el padre de El Alto o el doctor Urenda, por quien la abuela estaba llorando en la cocina como si fuera un pariente.
—¿Yo qué cosa? —pregunta doña Lucía, asomándose desde la cocina.
—Estamos hablando de historia —responde Marcos, sonriéndole a su abuelo.
—Yo nunca escuché ni leí esa historia —dice don José, moviendo la cabeza.
—Es de la Tierra Media, o sea, de la Edad Media. Si hasta el ministro dijo en la televisión que los que están bloqueando son orcos —aclara Marcos, muy seguro de lo que dice.
—¡No importa si son orcos o masistas! Lo que están haciendo está mal —replica don José—. Somos rehenes de un grupo de personas que no piensa en el país, sino en sus propios intereses. Eso es muy dañino porque, al final, todos nos vamos a morir y son las nuevas generaciones las que pagan las consecuencias.
—¿Y dónde están la Defensoría del Pueblo, Derechos Humanos y los organismos internacionales? —pregunta doña Lucía, airada—. ¿Dónde están los jueces, los fiscales y el Poder Judicial?
—Ahora se llama Órgano Judicial —aclara Marcos.
Sus abuelos lo miran con extrañeza.
—¿Qué? Eso me enseñó mi profesor de Sociales.
—Como se llame ahora —continúa doña Lucía—, la cuestión es que todos miran desde palco mientras dañan al pueblo. No emiten órdenes de aprehensión ni hacen su trabajo. A esos funcionarios también deberían juzgarlos. Después, cuando intervienen la Policía o los militares, salen denunciando que fueron reprimidos y se presentan como víctimas, porque supuestamente les están coartando su derecho a arruinar el país. ¡Como si no fuera suficiente la pandemia y el sistema de salud que tenemos!
—¡Esta gente está actuando como los antipatriotas de la Guerra del Pacífico! —exclama el abuelo—. Solo pensaron en el beneficio que obtendrían con sus ferrocarriles y sus negociados, sin importarles el daño que le hacían al país. Ahora ellos están muertos y Bolivia continúa sufriendo su enclaustramiento marítimo. Esto demuestra que los antipatriotas nacen en todas partes: entre pobres y ricos, entre personas de izquierda y de derecha, entre socialistas y demócratas. Todos poniendo sus intereses personales por delante del país.
Marcos mira el horario pegado en el librero y luego observa a sus abuelos.
—Bueno, ¿ya puedo volver a mi recreo o también me lo van a bloquear?

