EL Día

A VECES LLEGA y se va sin que nadie lo vea, eso no le importa. Porque el sí la ve. Siempre va donde ella, a veces lo recibe cálida y amorosa otras veces se aleja molesta o enojada sin que él pueda evitarlo. Pero a pesar de todo él nunca ni una vez le falló.

Después de mucho tiempo cuando ella apenas lo sentía, prácticamente no se daba cuenta de que estaba ahí. Le llegó su momento. Fue cuando la presidenta decretó cuarentena total. Emergencia sanitaria.

—Estoy decretando emergencia sanitaria nacional, a causa de la pandemia que está azotando el mundo. Debemos recluirnos en nuestras casas porque no tenemos las condiciones sanitarias y médicas para enfrentar esta pandemia sin precedentes en nuestra historia.

Ella que escuchaba atenta el comunicado presidencial, bajo la vista y se tapó suavemente la boca con la mano derecha, levantó la vista y por primera vez lo miró de frente. Él no hubiera querido que la primera vez que lo veía de frente y sin tapujos fuera así, tenía una mirada de confusión y desamparo provocando que él rápidamente tratara de acercarse para confortarla. Ella levantó la mano y lo detuvo y con ese gesto él sintió que lo señaló.

A partir de ese momento se sintieron más unidos que nunca, él estaba feliz, por lo menos una vez durante la jornada ella lo sentía.

—¿Lo viste esta semana? —le preguntó a su hijo.

—La verdad que no —respondió—, aunque no quiero que piense que no me doy cuenta cuando llega. La verdad es que estuve muy ocupado. Con eso del trabajo virtual se complican las cosas, porque prácticamente tienes que estar disponible las veinticuatro horas y solo si tienes suerte puedes ir al baño sin que te molesten.

—Sí, creo que eso se tiene que regular, aunque ahora con el celular del trabajo te llaman a cualquier rato —respondió distraída y una vez más lo miro y pensó en el efecto que él tenía en todo. Él a pesar de que intento no sentirse aludido, la miro avergonzado y levantó los hombros como disculpándose.

A veces ella despertaba iba a la cocina y él ya estaba ahí esperándola, otras veces era ella la que lo esperaba mirando por la ventana las calles aún desiertas mientras tomaba un café. Ella pensaba en esos momentos de silencio y espera, que a veces él llegaba callado y sigiloso como con miedo de asustar a alguien, como cuando el sol tímidamente se cuela por las cortinas cerradas como queriendo espiar el interior sin molestar, otras veces lo hacía con fuerza, como cuando el sol inunda todo alrededor y no tienes donde escapar más que sentirlo de frente, o a veces no lo sientes pero si no puedes evitar verlo.

Una mañana mientras estaba peinándose sintió sus ojos a través del espejo y le pregunto.

—¿Qué miras? —aunque no era su intención, su voz salio confrontadora.

—A ti — respondió suavemente mientras se acercaba despacio. Se paró frente a ella y dijo señalando con los dedos.

—Tus bellos ojos castaños, estas pequeñas arrugas a sus lados y estos hermosos hilos plateados en tus cabellos.

—Tú me has hecho eso —lo acuso sin piedad. Arrepintiéndose al momento cuando vio la sombra que empaño su mirada.

En el mes de mayo la presidente dijo que el nivel de contagio en el país era alarmante. Y volvió a recordar a los políticos y a la población la responsabilidad que tenía cada uno en evitar la catástrofe.

—Es totalmente irresponsable que se programen elecciones cuando el nivel de contagios está aumentando alarmantemente en el país, casi estamos llegando a los mil muertos en estos tres meses de pandemia —exhortó al país en los medios de comunicación— todos los gobiernos anteriores nos dejaron totalmente desprotegidos para una situación así, y estamos haciendo todo el esfuerzo para paliar este virus con inversión en médicos, insumos y materiales, ahora cuando el mundo entero se vuelca desesperadamente en obtener lo que nosotros tanto necesitamos.

—¡Gracias Dios mío, porque estamos sanos! —ella exclamó mientras su hijo la escuchaba distraído mirando su celular— Todo lo demás se puede sobrellevar si tenemos salud.

—Hace ya tres meses que estamos encerrados —dijo con un suspiro su hijo, apartando la vista del celular— ¡estoy desesperado! ¿hasta cuando?

Ella automáticamente lo miro a él, como pidiendo una respuesta. Él la miro y negó con la cabeza, le molestaba que ella le hiciera preguntas que no podía responder, lo hacía sentirse impotente ante las situaciones que se presentaban, cuando él lo único que necesitaba para ser feliz era estar a su lado y querría que ella se sintiera igual.

Por fuerza mayor ella tuvo que salir a la calle — aunque él le suplico que no lo hiciera— y en el tramo que recorría el minibús, observo a una persona que tapándose la boca tosía y apoyándose en el marco de una puerta caía al piso —había leído por las redes sociales que recogían de la calle a algunas personas muertas.

El chofer del bus pareciera que miro y pensó lo mismo que ella, porque perdió el control del motorizado y este impacto con fuerza con otra movilidad que iba adelante. Sintió el golpe y perdió el conocimiento, entre brumas trataba de recuperar la conciencia, y cuando lo hizo se sintió profundamente avergonzada, porque sintió que le había fallado a sus hijos, a su esposo, a su familia, porque en ese momento de semiinconsciencia solo pensaba en él, solo rogaba para verlo una vez más. Él se sintió recompensado y feliz de saber que era lo más importante para ella, mientras la acunaba cariñoso en sus brazos.

—Estoy contigo como el primer momento y lo haré hasta el último día —le prometió.

ZULMA ZABALA