Hombre contempla una mesa de seis sillas vacías durante la noche en La Paz.

El día más importante de su vida

Un hombre de cincuenta y seis años despierta una mañana y se prepara para comenzar su trabajo, como lo ha hecho todos los días durante más de treinta años. Desayuna y se despide de su esposa sin sospechar que ese será el día por el que ha trabajado durante tanto tiempo: «el día más importante de su vida».

Al llegar a la oficina, se sirve otro café antes de iniciar la jornada. Revisa su agenda y encuentra una reunión programada para las primeras horas de la mañana. Sin demora, se dirige a la sala de reuniones y queda completamente sorprendido cuando todos se ponen de pie para recibirlo entre aplausos y felicitaciones.

—Felicidades, señor García.

—Éxitos, señor García.

—Esta nueva etapa de su vida será estupenda, señor García —le pronostica un joven que ingresó a la empresa hace cinco años.

«Recién llegado», piensa todavía el señor García.

—Como les comuniqué anteriormente, es para mí un enorme orgullo ceder mi lugar a quien hasta ahora fue mi vicepresidente —anuncia el señor Rodríguez, el presidente de la empresa—. El señor Feliciano García es una persona intachable, dedicada por completo a esta empresa. Quiero que las nuevas generaciones aquí presentes presten atención: el trabajo incesante que Feliciano ha realizado durante todos estos años se refleja en el éxito que hoy alcanza.

—¡Gracias, señor Rodriguez! —exclama Feliciano, emocionado.

—¡Te lo merecés, hombre! El puesto es todo tuyo. Yo me iré a disfrutar de la vida; ahora me toca a mí —responde el señor Cordero con una sonrisa.

Terminada la reunión, Feliciano regresa a su oficina y llama inmediatamente a su esposa.

—María, te cuento que me ascendieron a presidente de la empresa… Sí, hoy, esta mañana, apenas llegué… No, no tenía idea de que sería hoy. Claro que, después de la embolia del señor Rodríguez, era evidente que habría cambios, pero no pensé que fueran a ocurrir tan pronto. Por momentos hasta dudé de que yo fuera el sucesor.

—Feliciano, te lo merecés. Estoy muy orgullosa de vos. Trabajaste toda tu vida para llegar adonde estás ahora. ¡Felicidades!

—¿Podemos festejar esta noche? Podríamos cenar juntos o salir.

—Hoy no puedo, Feliciano. Como siempre llegas tarde a la casa, quedé con Susana para ir al cine. Van a pasar una película nueva que, según dicen, es buenísima. ¿Puede ser el próximo martes?

Feliciano también llama a sus hijos para darles la noticia.

—Felicidades, papá —le dice su hija—. Es una noticia maravillosa para vos. Te merecés todo el éxito que estás teniendo. Seguí trabajando así.

Antes de finalizar la llamada, su mente ya parece estar ocupada en otra cosa.

Su hijo le envía un mensaje:

«Lo siento, papá. Estoy en una reunión y no puedo hablar. Apenas termine, te llamo».

Al finalizar la jornada, Feliciano siente, por primera vez en mucho tiempo, la necesidad de regresar temprano a casa. Quiere celebrar su triunfo, compartir su alegría. Llega a las ocho de la noche y encuentra todo oscuro, como siempre, aunque para él todavía sea temprano.

Entonces recuerda que María salió. ¿A un concierto? ¿Al teatro? ¿Al cine? No está seguro.

Recorre la casa y entra en los dormitorios de sus hijos con la absurda esperanza de encontrarlos allí. Luego recuerda que ambos se marcharon ya hace varios años.

Intenta pensar cuándo fue la última vez que los vio. La memoria lo traiciona y, en lugar de ofrecerle una fecha reciente, lo lleva hacia momentos muy lejanos.

—¡Papá, papá! ¡Mirá, ya manejo la bicicleta sin rueditas! —le anuncia emocionado Carlitos, a sus siete años.

—Ya era hora, hijo. Aprendiste muy tarde. Cuando vuelva, me mostrás; ahora tengo que ir al trabajo.

Otro recuerdo aparece.

—Papá, ¿por favor podés venir al colegio para el Día del Padre? —le ruega su hija de diez años mientras le entrega una invitación—. Va a haber salteñas, de las que te gustan.

—No puedo, hija. Ese día tenemos una reunión en el trabajo y no puedo faltar.

Después escucha nuevamente la voz de Carlitos.

—Papá, te cuento que a mi hermana ya la están invitando a fiestas de quince años. Pronto va a tener novio —dice, acusándola.

—Esperá un momento, hijo. Me están llamando de la oficina —responde Feliciano, distraído.

Su hija mira al pequeño con una sonrisa burlona.

—Papá no te está escuchando.

«Esperá un momento», piensa Feliciano.

¿Cuándo ocurrió todo aquello? ¿Cuándo crecieron sus hijos? ¿Adónde se fue el tiempo?

Piensa en su esposa. ¿Cuándo fue la última vez que bailó con ella? A María le gustaba mucho bailar y siempre sonreía mientras lo hacía. Intenta recordar cuándo fue la última vez que ella lo miró sonriendo. Peor aún: ¿cuándo fue la última vez que lo miró con amor?

No logra recordarlo.

Comprende que ha olvidado momentos que debió disfrutar. Es como si no los hubiera vivido o como si, mientras ocurrían, él hubiera estado pensando en otra cosa.

Durante años trabajó esperando que llegara el mejor día de su vida. Mientras tanto, el tiempo pasó y los demás continuaron viviendo sin esperarlo.

¿Cuál fue realmente el día más importante de su vida?

Tal vez ya ocurrió y no se dio cuenta.

Por eso, solo en medio de la casa y después de alcanzar el mayor éxito de su carrera, Feliciano comienza a dudar de que aquel sea, en verdad, «el día más importante de su vida».

Zulma Zabala